martes, 28 de octubre de 2008

El misterio del dólar

Esa fue la primera vez que lo vi, cuando ya se había ido. Al final en todas las historias de misterio hay un asesino. El murió dos horas y 25 min después de que no lo vi, lo encontraron boca abajo en un callejón de la perseverancia con un brazo sobre su espalda y el otro brazo estirado casi sobre su cabeza, no había disparos, no había puñaladas, no había nada, sólo un charco de sangre que salía de su naríz y de un oído, traía su billetera con trescientos mil pesos y un dólar, quizás el dólar de la suerte que cargamos todos, desde hoy dejo de llevar aquel fetiche capitalista. Soy inocente, yo nunca lo vi, no alcancé, créanme. Iván María carrasco fue condenado a 30 años de prisión sin pruebas verdaderas que lo incriminaran. Después de haber cumplido 6 años, 7 meses y 3 semanas de encierro, Iván maría desapareció de la prisión sin dejar rastro, sólo se encontró en una de las esquinas de la diminuta celda, un billete arrugado de un dólar y nada más. Era un mago.

lunes, 20 de octubre de 2008

Bogotanadas


Cómo desaparecer completamente, Desintegrarse, evaporarse en Bogotá? es fácil, en Bogotá nadie te conoce, en Bogotá no eres nadie si no usas corbata o no vas a comer a algún restaurante en la zona T, G, Z o X, esta última es la que más me gusta, la zona X en donde si soy alguien, el más peligroso de todos. En Bogotá todos tienen corbata. Alguien en Madrid me preguntaba si vivir en Bogotá era peligroso. Claro que si, le respondí, en cualquier momento te pueden vender un pedazo de carne de perro por una de res o puedes caer por una alcantarilla y esperar durante horas o hasta días a que te rescaten o ver como asaltan a un joven en pleno centro sin que nadie haga o diga nada. Bogotá es peligrosa, es dañina, se pudre en sus esquinas y sino tienes ojos en la espalda o al menos en las nalgas, pueden sorprenderte en cualquier instante, pero lo más triste de todos es que te puede llegar a gustar. De mirar esa ciudad se me cansan los ojos, las lagañas me invaden y la cara se me derrite, Bogotá se parece a un cuchillo, te puede matar por la espalda, de frente, por lo lados y la cabeza, pero siempre necesitas de uno cuando quieres desprenderte de algo, allá puedes dejar todas las miserias y la podredumbre y algunas novias feas, es una ciudad amarga y ácida, transeúnte y vaga. Esta ciudad no se mira, me canso cuando subo desde la carrera 8 hasta la carrera 3 por toda la Avenida Jiménez, me encantan sus edificios, sus cafeterías baratas y sus restaurantes de lujo, siempre te piden plata, en cada esquina puedes encontrar un poeta, un hippie o un proxeneta o dejar que te roben y luego estrellarte con la más hermosa y odiosa de las bogotanas, cruzar la carrera 7 y ver los vestigios de un tranvía que no lleva a ningún sitio, como todo en Bogotá, todo lleva a nada a un punto invisible en donde se pueda respirar, entrar al "café Pasaje" tomarte una cerveza, allí en donde escribí tan malos poemas e intenté desahogarme por tus múltiples ausencias o te pensaba en Madrid pensándome y escribiéndome, pasar justo en frente de la Lerner, cruzar la carrera 4 mirar hacia la izquierda y ver como nace esa candelaria caótica la única que te lleva a la historia de una ciudad inmemorial, sucia y tramposa, porque te enamora y te traga, llegar hasta el parque de los periodistas, dibujar desde allí ese amplio vacío que da la avenida 19 y estrellarse contra la real academia de la lengua, contra ella siempre te estrellas, plaza que no es plaza y en donde no hay periodistas, vagabundos o estudiantes, de donde alguna vez surgiste y ladronzuelos baratos que se esconden detrás de ti y nunca los ves.

lunes, 13 de octubre de 2008

El viaje menor V (la fatiga)


Cruzo la rue du Dragon, hacia el boulevard Saint Germain, no te encuentro, no me interesa no encontrarte, pues viajo en mi más "infantil egoismo", en mi mejor personaje, soy un desentendido, un infame que no te ve, porque la belleza es invisible y la estupidez me sobra, se me cae por todos lados como el pelo y la pereza. Perezoso y psicópata, altanero, insolente, no me acuerdo de nada ni de nadie, y si en ese movimiento de cabeza que parece ser un si, un sí enfático, seguro, doloroso, quieres decir que estás de acuerdo y que mi próxima parada en el metro será un salto para huir de ti y de la seguridad por no haber pagado el ticket del metro, pues no tengo nada que decir, sí, siempre pierdo.
Y de instantes y de noches en que debiste estar y viajabas hacia la plenitud en donde no te encontraba, en esos cafés en esos bares en donde no te pude ver, y cada luz imagina la silueta de muchas, pero ninguna como tú, silueta sin silueta, tal vez no tienes figura. Te tengo que dejar, es inevitable, pero tu me dejas primero, como siempre a la espera, a los amigos que tuvimos y a los amores que enfrentamos, todo fue lo mismo, las relaciones siempre son lo mismo, hombre mujer, hombre hombre, mujer mujer, siempre lo mismo, pero no lo veas así, que es simplemente el viaje menor del que me hablabas cuando nos encontrábamos en Paris y te pedía prestado veinte euros que jamás te devolví. Siempre hablar de una mujer en mis historias, quizá la mejor protagonista, la más inhumana, la más traicionera, la mujer de mis historias y de mis días. Calle a calle, que te pienso que te ando que te miro es la misma calle que presagiaba nuestra despedida, nuestro naufragio lento y predecible, ese naufragio solitario, era lógico perderte en Madrid o Barcelona, pero no en París, jamás en París, era lógico que ese viaje que hacíamos era torpe, loco por todos partes y todos los momentos, quien se enloquece por una mujer merece dudar de todo, de la razón, de los catastróficos zapatos que te pones. Que marcas caminos en los lados más obscuros, en los rincones en los que encuentras vacíos los momentos más cercanos y más hermosos, esos momentos en los que desapareces y pareces querer decir que te quedas, que te mueves hacia el mar, hacia ese instante que te parece perfecto, tal vez cuando nos conocimos, cuando quisimos estar juntos y mirar los sueños desde una ventana o desde el sótano de tú apartamento, pero nunca desde la cabeza, los sueños que se entristecen cuando no hay dolores cuando no hay maneras sinceras de seguir, de continuar por ese camino, por ese viaje hacia un no se donde que crea el corazón y que se entremezcla con la sabiduría de un día nublado, no hay que salir corriendo, hay que enfrentar tu mirada a un espejo y a la realidad.

lunes, 6 de octubre de 2008

El viaje menor IV


La pérdida de un anillo, de un párpado, de un murmullo, quizá no baste sino eso para saber que perderte sería intentar encontrarte, e intentarlo, sería fracasar, pues siempre fracaso, siempre declino al final, lo recuerdas, caminando por algún andén sobre Beaumarchais (siempre me gustó caminar por ahí) te dije que lo dejaba que no podía seguir, y tú me miraste y me dijiste “haz lo que te de la gana” y no pude dejarte entonces como ahora, pero cuando llegamos a Bastille, me dijiste que ya no querías estar conmigo y simplemente tomaste el metro y desapareciste. Ese día supe que mi pierna izquierda era más grande que la derecha y por eso cuando camino, siempre tomo con una mano la cadera del lado de la pierna que tarda más en tocar el suelo. Y te ríes a carcajadas y lloras “mi parcera”, que tratar de imitar a Hemingway o imitar el sueño de algún viejo escritor se hace inmenso, se hace improbable, pues la vida de un “pequeño burgués” en una ciudad inmensa, tal vez París, tal vez Berlín, no se equipara a la vida de un estudiante como tú o como yo, un estudiante perdido en la Cité Universitaire, allí donde vivió Cortazar o Sartre. Siempre te encaminas hacia un lugar improbable, como la rue saint Antoine o el Square moussouri, calle perdida en donde un día perdí un abrazo por el sólo temor de empezar a llorar y he perdido más, a veces, por el sólo temor de empezar a temblar y de esta cobardía que adoras. Dit moi des mots, des choses que trouves imperceptibles, comme la Nuit et le douleur et la mort, puis raconte moi ta façon de voir, de voir la vie et de regretter la faim, la faim d’amour, sans penser, un jour tu pourras venir sans me dire au revoir.

miércoles, 1 de octubre de 2008

El viaje menor III


Intentando encontrar los orígenes de mi apellido en el País Vasco Español, me crucé con una amiga que no veía hacía por lo menos 5 años; sonriente y encantadora como la recordaba me invitó a una cafetería para degustar, mientras recordábamos viejos y temerosos tiempos, los famosos pinchos Vascos. Después de una sintética mirada recordé que había estado enamorado de ella y no dudé en pagar la cuenta. Que ridículos que podemos llegar a ser cuando estamos frente a una mujer hermosa, siempre tratando de parecer lo que no se es y lo que no se sabe. A veces resulta que la mujer es lo que no parece y sabe lo que tú no sabes. En uno de los muchos restaurantes universitarios en París, creo que en Mabillon, la volví a ver y pensé no reconocerla, llevaba una mano vendada y con la otra trataba de cargar la bandeja de comida con una firmeza tal que no pude evitar pensar la fuerza que podrían tener sus dedos. Siempre la vi, pero ella nunca se animó a mirarme a pesar de habernos visto y hablado muchas veces. Amor en silencio que grita con tus torpezas. Le pregunté si le ayudada, me reconoció y respondió tiernamente que ella podía sóla, no le insistí, se sentó a unas cuantas mesas de mi. Ese día supe que jamás habría algo entre nosotros, tal vez desconocimiento. El viejo francés, me contaba, mientras pedía un vaso de vodka, que las mujeres en su país se complican la vida por cualquier cosa, en Colombia la mujer es más abierta, más tranquila y hasta más tetona. Yo nunca me casé, continuó, porque me gustan las mujeres de senos grandes, les da carácter, pero también mucho poder; bebió un sorbo de su vodka. Entrar en una biblioteca a ojear revistas o a leer el periódico durante más de 8 horas, puede ser un síntoma de tu soledad. La soledad se puede medir por el número de libros que has leído. Las mujeres te entretienen, los amigos te entretienen y muchas veces te pervierten, si es que lo pervertido puede llegar a ser perverso, y en las bibliotecas encuentras amigos y mujeres, que sin quererlo, buscan compañía para leer. Hay instantes en Lille, en los que las Campanas de la iglesia en la place de Wassemme, pueden convertirse en los instantes de soledad más nublados que puedas vivir, estás acostado, sin calefacción, envuelto en una, dos, o tres mantas, mientras permaneces en ese estado intermedio entre dormido y despierto; y cada campanada, cada estruendo, te recuerda tu cruda humanidad: solo, lejos de tu casa, en un lugar en donde no hablan tu lengua y no escuchan tus murmullos...muchas veces en voz alta. Tal vez no has querido parar de beber y ahora puedes hablar mejor y tal vez escuchar lo patético que eres cuando no eres nadie.