sábado, 16 de enero de 2010

LA ANATOMIA Y EL SILENCIO DE LO QUE UNO SABE

Hay que callar muchas veces porque lo que se sabe puede ser peligroso o demasiado estúpido como para ser importante. La topografía de los seres vivos, su forma, su ubicación, la disposición y la relación entre sí de los órganos que las componen, puede arrojar algo parecido a una respuesta adecuada al silencio y al saber. Cada ser humano dentro de su arquitectura ha ido generando movimientos y censuras propias que reestablece en su cabeza y lo guarda para si: una palabra, un nombre, una fecha, un secreto. El mapa de su cuerpo y el análisis, muchas veces tácito, que hacemos del cuerpo, de la fisionomía, de la persona con la que interactuamos (o del grupo de personas) dan cuenta de cuando se debe callar o de cuando ese saber que podemos tener de más, que nos sobra muchas veces, debe ser retenido o guardado, quizás para nunca jamás volver a ser utilizado. Ahora, la pregunta real es: Entonces para qué sabemos tanto, o para qué sabemos algo si nunca, sino ante grupos de especialistas, cuyos cuerpos están adaptados para captar información especializada (Muchas veces incomprensible), podremos iluminar un conversación, la más vanal, o la más compleja, con un dato que puede ser de utilidad, de referencia a una galaxia de conocimiento aún más extensa. Ante quién debo hablar, ante quién debo calla, ante qué cuerpo, con qué fisionomía, con qué estructura, que nos de una señal, debemos silenciarnos, debemos apagarnos y simplemente omitir ese rezago que tenemos de más, algo más que un conocimiento que permite extender otro conocimiento y así infinitamente, reelaborando nuestra anatomía, nuestras señas corporales hacia algo más que un silencio que por absurdo, muchas veces es necesario.

domingo, 10 de enero de 2010

Cuento de niños para la niña cursi

El orgullo era ella. Nunca quiso admitir que se equivocaba. Nunca quiso perdonar a quién se equivocaba. Un día cualquiera en un momento cualquiera en una ciudad que se sumergía en la belleza de sus calles y el prejuicio de su gente, en donde el río que la atravesaba marcaba el ir y venir de la rutina, ella caminaba rumbo a su casa. Antes de visualizar la entrada que llevaba a su deslumbrante habitación, con paredes de colores que permitían el mejor reflejo de la luz, llena de libros de poesía amorosa y de flores regaladas por admiradores y pequeños detalles que adornaban las estanterías (sobresalía un reloj color rosa, un pequeño cofre de madera), decidió mirar en una vitrina un bonito vestido azul del que colgaba un exuberante collar de madera. Mientras imaginaba cómo sería aquel vestido sobre su cuerpo un chico de tez morena, un poco más alto que ella, con los ojos un poco rasgados, dientes grandes, delgado, se le acercó. Es bonito ese vestido, le dijo, en tono tímido, casi sin voz, pero más si lo llevaras puesto. Qué cursi, le dijo ella un tanto asustada y sorprendida, mientras levantaba los ojos con cierta petulancia. ¿Tú crees de verdad que así vas a conquistar alguna chica? Él, muy triste, simplemente dio un paso atrás y se retiró, pero en su cabeza quedó el olor que ella llevaba y el rastro de su figura. Ella, un tanto arrepentida por el tono de su respuesta intentó alcanzar al chico que ya se perdía entre la multitud de la gente. Lo perdió. Dos semanas más tarde, mientras leía uno de sus libros de poesía, golpearon a su puerta. Esperó un instante mientras indagaba quién podía ser. Los golpes no se repitieron. Esperó un momento más y se levantó dejando su libro sobre la mesita de noche en donde también se encontraban muchas horquillas que se caían de su pelo. Al llegar a la puerta, con algo de intriga y miedo, la abrió de un sólo tirón y no vio a nadie, antes de volverla a cerrar, miró hacia abajo en donde se encontraba una caja blanca delgada con una pequeña nota en un sobre. Recogió el paquete y entró lentamente mientras con una mano intentaba abrir el sobre que decía: "A la chica de olor a nubes", qué cosa más cursi, pensó de nuevo para sí misma. Luego miró a su alrededor, miró los libros de poemas, las flores, la decoración y dijo en voz alta, ¡si yo soy una cursi!, y sonrió. Dejó la caja blanca sobre la mesa, se sentó en un pequeño sofá amarillo y abrió el sobre. "El olor me llevó a ti, a esta puerta y a este instante en el que me estarás leyendo. Yo seré tan cursi como mi vida puede serlo, pero ha sido tu olor quien te ha encontrado y esos ojos redondos que no saco de mi cabeza y que durante dos semanas me han visto enamorado. Un pequeño regalo, para quien sólo puede portarlo". Abrió la caja y dentro encontró el collar de madera. En el fondo, otra nota que decía: "el vestido era muy caro".

CONDICIÓN DE IRREALIDAD

Debería haber remedios o materiales que te alejen de la sensación de ser mísero, de tener que ocultar tu verdadera cara, o el rostro de lijilla que siempre has tenido. Pero así funciona. Ser extranjero es así, es cargar con un país a tus espaldas y otro adelante, poseer razones para equivocarse que nadie justifica, la sensación de ser un cobarde porque no te entienden. Entonces es cuando llega aquel sentimiento que te hace agachar la cabeza, te hace sentir mínimo: ¿dónde están tus amigos, en dónde esta tu familia? No hay nadie cerca, hay simulacros, hay intentos. En el extranjero, todo funciona como un simulacro, como una prueba, un ensayo de que todo puede salir bien o muy mal. Eres exótico, eres inmigrante, eres un don nadie con quien nadie cuenta. Tal vez no te quieran contar. Tal vez todo ha sido un error. Tal vez todo sea una casualidad. Recuerdo aquel libro fabuloso de Javier Marías “Mañana en la batalla piensa en mi” que hablaba de aquellas casualidades, como que tu amante se muera delante de ti en su apartamento, una casualidad única, como estar en París o en Madrid y que sea allí en donde caiga la última bomba en una guerra que no te pertenece. Ser extranjero tal vez sea simplemente pertenecer a un lugar en donde nadie te conozca, pero ese lugar puede ser tu propia casa, o incluso puedes conocer gente y no por eso dejas de ser extranjero o miserable o un don nadie en un punto del universo. Lo sucesivo es lo que viene como lo irremediable es tu pasado, todos saben de donde vienes, o saben que vienes, no que vas, es en ese instante en donde se desata, de una manera melancólica y a veces hasta deprimente, tu condición de foránea, tu condición de irrealidad. Ser extranjero es vivir en una condición de irrealidad en donde siempre estás inventando el mundo que tienes alrededor. Eso es cierto. Somos irreales. Pero y entonces en ¿dónde está la realidad del que vive afuera? Muchos de nosotros, la dejamos hace cierto tiempo, en ese lugar que algunos no queremos nombrar.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Poema sin nombre para un sin nombre que se parece a mi

Hay poemas que tocan marañas, esquinas rotas del pensamiento, laterales cósmicos de la mente, poemas que tocan incertidumbres y dudas, hay poemas que desaparecen una vez leído el último verso o comenzado el primero; poemas que reaparecen con el tiempo y se quedan para siempre. Hay otros poemas que son únicos, que son auténticos, poemas hechos a la medida de una sola persona de un sólo movimientos, de un sólo vagabundo que tal vez no merezca nada, o que lo ha hecho todo para merecerlo todo o por lo menos ha hecho algo pare merecer algo, pero que deambula buscando tristezas, contemplando vidas, holgazaneando su suerte y aguardando por un poema, por su primer poema que cae intempestivo como una fotografía, como un reflejo del otro lado, desde ella, desde quien lo elaboró pensando en un momento, en un lugar, en una imagen, quizás borrosa, quizás tan clara que se difumina, desde ella quien ha creado 19 versos en los que me encuentro sin respuestas, simplemente en silencio, simplemente esperando por otro en el que estemos los dos.

Te recuerdo
con un libro en la mano
queriendo ser poeta
ser borracho
ser veleta
sin clavar los pies
en ningún suelo.
Te recuerdo también
con una canción
bajo el brazo
o una flor robada
entre los dedos
con los labios de café
sin chocolate amargo
y en los ojos de indio
tres dudas por cada certeza
y ojalá
las ganas de enredarte conmigo
en una noche de París.

L.

lunes, 19 de octubre de 2009

En la biblioteca II

"Mirar en la biblioteca es mirar el miedo

de quien no sabe leer"

A.P

De nuevo en la biblioteca. El número de visitantes es exponencial y catastrófico, los estudiantes regresan, algunos estudian, otros como yo inventamos la manera de escapar durante un par de minutos ( tal vez lo que dure escribiendo esto) esperando que aparezcas y que digas algo así como “ hola feo” “hola flaco” pero la inefable realidad es que no apareces. Es ese vacío que se crea ahora; yo sentado en esta biblioteca pensando en la manera de tenerte tomando té en mi habitación en la noche y de poder jugar contigo en la mañana; y tú en un lugar desconocido, tal vez haciendo la siesta después de tantas horas, tal vez charlando del mal periodismo en España, tal vez caminando o jugando con tus horquillas mientras lees algo, o tal vez, por qué no, pensando en que el pobre flaco quiere hablar contigo y tú también, pero no tienes la manera o la tecnología para hacerlo: Se te acabó el saldo del móvil, no hay Internet, el locutorio de la esquina cerró porque el dueño era ecuatoriano y con la crisis regresó a su país, te fuiste de copas y estás borracha bailando en algún bar de malasaña, tal vez en “cafeína” o simplemente tratas de comunicarte a través de la energía de tu psique, mediante hondas mentales que lleguen a mi, a esta biblioteca , tal vez ¿por qué no? Telepatía. El problema es cuando ese vacío se reproduce en tu estómago y te dan ganas de llorar o de querer que el día pase como el segundo en que no estás; quieres una respuesta, la que sea, quieres saber qué pasa. Regreso a mis asuntos. Esta vez la bibliotecaria es china y ya no me mira, quizás porque no se ha dado cuenta que yo la miro. Efecto perverso. La revolución china. Hay un chico no muy lejos de donde estoy que no ha dejado de mirarme de aspecto árabe, tal vez español, barba que parte desde sus ojos, cejas grandes y nariz ancha ¿será que le gusto? ¿Me reconoció de algún lugar? ¿habremos hablado antes? Yo no lo conozco, pero no deja de fijar, en mi, sus ojos ¿o no? quizás mire a la chica que tengo detrás, puede ser, es guapa, aunque su pelo parece sucio. ¿dónde estás? Esta biblioteca se hace infame cuando no se de ti.

domingo, 4 de octubre de 2009

Mal poema para quien se queda en Madrid

L.

Cada segundo de distracción trae una imagen tuya,

allá en Madrid,

sobre una cama o frente a un balcón

que da a la nada o a una estación de gasolina.

¿cuántas veces te dije que leer juntos

en un día de cansancio,

tras haber caminado por viejas calles en Lavapies,

haber bebido lujuria en algún bar en Malasaña

o tras inventar el día en esa habitación blanca

podía ser peligroso?

ninguna,

cerré el libro para hacer el amor

y no quise partir sin darte una última caricia;

antes de dormir me di cuenta

que estaba en París,

sin ti.

domingo, 20 de septiembre de 2009

La nostalgia del miedo

Me siento tan aislado que puedo palpar

la distancia entre mí y mi presencia.”

Fernando Pessoa

"...Luego de vuelta a casa, enciendo un cigarrillo,
ordeno mis papeles, resuelvo un crucigrama,
me enfado con las sombras que pueblan los pasillos
y me abrazo a la ausencia que dejas en mi cama".

J.Sabina

Los días traen turbulencias que ni la música o la lectura o el desparpajo de una risa pueden despejar. Hace más de una semana se fue mi heladera y compañera y en un segundo seguiré envejeciendo y tratando de entrar en la nostalgia que llega con el otoño o con cualquier noticia del otro lado de los Pirineos. La circunstancia, por alguna gracia repentina, me hizo releer muchos autores, la casualidad hizo que los tuviera a mano, a Nicanor Parra, a Jorge Teiller, García Montero (libro que robé de su biblioteca) los tomé y me los llevé a caminar hasta sentarme a leer en un banco y a detener el tiempo para no decaer. Dicen que a eso se le llama indicios de una depresión repentina, yo prefiero llamarla, nostalgia del miedo o miseria humana. Hace dos días, en una conversación con mi hermano sobre el estado de la familia y sobre la distancia de un reencuentro, me convenció para mirar algunas fotos que tenía su novia en su blog, fotos de mi familia, de algunos amigos que creí perdidos. Eran fotos de la última navidad, de su último cumpleaños, fotos de eventos sociales, con personajes que ya en mi cabeza sólo son imaginados por el recuerdo, gente que parece inmortal y los más queridos que envejecen. Pasando foto tras fotos, imagen tras imagen, esos rostros que parecían no existir, ahora se hacían vivos: el rostro de mi abuela empequeñeciendo, ella quien llegaba siempre primero al supermercado, quien traía tras de si la energía del campo (aunque siempre vivió en la ciudad) y parecía nunca agotarse y el rostro de mi tío y su pelo ahora blanco y barba con canas de abuelo, el tío que en mi cabeza aún juega fútbol, aún ataja goles para algún equipo del trabajo, ahora con su nieta, con los años que pasan y mi ausencia cada vez más indiferente. En una semana es mi cumpleaños y prefiero salir de acá, esconderme en otra ciudad que no sea París, pues en este lugar ha llegado el miedo como una carta de cobro. El miedo a que no esté ella conmigo caminando por la Rue Vavin, o por el Boulevar Saint Michel o en algún restaurante elegido al azar del momento, miedo a que ella no esté al llegar a mi casa o al lado derecho de mi cama, miedo a haberme enamorado de algo que pasará como el verano o la espera de que todo sea algo que se ha empezado a construir. Pero todo es un síntoma, es un síntoma de la distancia, la gente que quiero está lejos, está dispersa, envejece, vive, como yo vivo en esta ciudad, como yo vivo mientras escribo estas palabras o mientras ella lee el periódico a kms de mi, o mientras mi abuela se prepara una sopa o se arropa a ver televisión; hay un movimiento, un ciclo claro del que es imposible escapar, al que se reduce la existencia, ese movimiento me llega a las entrañas por no haber estado en esos fotogramas, en eso píxeles, por no estar en el recuerdo ni en la memoria de esos actos, por dejar que ella al despertar tenga el presentimiento de que puede dormir sin mi. Hace muchos años que yo me fui y aún no quiero regresar, lo decidí así, el tiempo lo decidió así. La cotidianidad del extranjero es en mi el universo, pero en la cabeza llevo todo, llevo la mirada de aquellos que están del otro lado, imagino los pasos en Madrid de ella quien camina por Fuencarral o por alguna callejuela de Malasaña o de Arganzuela visitando amigas o buscando algún buen café en donde sentarse a leer. Todo lo llevo en la cabeza, la conciencia de este segundo más, del espacio perdido con mi familia y del tiempo arrasado por la ironía de permanecer aislado en una ciudad cada vez menos ajena que consume mis días; del daño hecho a quien tanto quiero, de las ganas de verla, de los movimientos limpios para desaparecer en un libro o escribiendo poemas que nunca llegarán a ser publicados.

martes, 15 de septiembre de 2009

En la biblioteca I.



L.

“Siempre imaginé el paraíso

Como una especie de biblioteca”

J.L. Borges

"Je suis le saint, en prière sur la terrase, comme les bêtes pacifiques paissent jusqu'à la mer de Palestine. Je suis le savant au fauteuil sombre. Les branches et la pluie se jettent à la croisée de la bibliothèque."

Arthur Rimbaud

I

En la biblioteca puede ocurrir cualquier cosa, que el chico que está a mi lado, o más bien señor canoso que está a mi lado, se duerma y ronque como un oso sin que nadie se atreva a despertarlo, hasta que de repente, después de dos soplidos fuertes, renazca naturalmente y siga leyendo lo que parece ser un manual de medicina en árabe; que la chica que está en frente, me mire con odio porque sin querer golpeé sus pies al sentarme (o tal vez sea una mirada seductora o traviesa) la chica parece del Este Europeo; que la bibliotecaria se acerque a mi para decirme que por favor introduzca bien los audífonos en el ordenador, puesto que aquellos que están en la biblioteca "estudiando" escuchan esos estrambóticos sonidos que provienen de un piano y no a todos les interesa; Efecto psicópata, Bach. que por tratar de detener un estornudo con mi mano y mi respiración, el estornudo cobre dimensiones demenciales hacia la implosión y todos, o por lo menos los más próximos, se vean húmedamente afectados y deseen, en lo más íntimo de sus pensamientos, que me largue y los deje trabajar tranquilos.

La chica del Este juega con su pelo y mira al infinito con un esfero en la mano y muchas hojas de papel enfrente, el señor que duerme ya no ronca, está en el nirvana, la bibliotecaria, con su cara de bibliotecaria, con sus gafas de bibliotecaria, me mira de reojo, porque sabe, en su interior de bibliotecaria, que estoy escribiendo sobre ella. En la biblioteca puede ocurrir de todo, menos que deje de pensar en ti.

viernes, 11 de septiembre de 2009

manos de cocacola

para la mamá tía

Una áspera nube de humo te envuelve
dejas la ventana abierta
y fumas un cigarro que ya hace años
cuelga de tu boca
y el tiempo va lento
y tus manos de cocacola
con olor de nicotina
ojos verdes que te entristecen
el día a día
con un café en la mañana
o siempre
(quizás un brandy que caliente las entrañas)
imaginando viajes
creyendo en ángeles
y prendiendo velas
para que escape el viento
o la rutina
Ahora te debo un palabra
que el mejor consejo
definitivamente
ha sido tenerte.

sábado, 18 de julio de 2009

Mujer abismo

"Soy el hombre más sencillo que existe, pero cuando siento un "grito" en mí, no acepto transformarlo en una "vocecilla" para complacer a los mudos y a los tartamudos. Pues yo no deseo agradar a nadie, ni tener discípulo ni ser discípulo. He venido a este mundo por algunos instantes y quiero lanzar un grito y partir". Nada más.

Nikos Kazantzakis

"La noche tiene la forma de un grito de lobo"

Alejandra Pizarnik

Ok, Cuando me canse de gritar te diré lo muy estúpido que me veo, pero gritar me hace bien, desde siempre ha hecho bien un buen grito, o que lo diga Munch, que no solo se atrevió a gritar, sino además a pintar un grito, valiente pintura, valiente manera de escupir el desahogo.  Hoy he querido gritar muy alto, arrojar toda esta basura que guardo dentro y que se convierte en suspiros o en dolores momentáneos de estómago, en náuseas como cuando estás enamorado,  cuando sientes esa melancolía en la garganta, cuando sientes que estás perdiendo a alguien y no hay vuelta atrás o no hay arrepentimiento, todo eso hace mal guardarlo allí, dentro, te hace huraño, te hace triste, te hace pendejo.   Por eso yo grito, y grito muy alto, porque lo que tengo acá es mucho, y es mucho más en mi soledad, pues aunque valgo todo, sólo tengo un par de deudas, un par de deudas enmarcadas en tu ausencia, en mi fracaso, en mi mediocridad ensalzada en escritos que no dicen nada.  Ahora grito más duro que nunca, porque se que te me vas a pedazos pero que intentas sostenerme suavemente con momentos lúbricos y claros de belleza.  Eres una mujer abismo en donde un grito tiene eco,  grita, grita con toda tu fuerza y  responderás de la misma manera y serás la última en responder.  Y Me gusta gritar allí, al abismo mujer porque se que la respuesta siempre será la misma, siempre pierdo, allí dejo todos mis pulmones, pero ella no se cansa de responder, el abismo se hace infinito.

Grito, avísame de tu ausencia

Para tragarme mis palabras

Para tragarme mi dolor y mis nauseas

Para conformarme con la desnudez

Con el certero bramido de una ola

Que grito descansa

Sin mis miedos,

Sin el punzón de un puñal en mis entrañas

Sin la lágrima en la garganta

O la amargura del bosque en niebla.

martes, 9 de junio de 2009

EL CREADOR

"El inusitado dolor me pareció muy vivo. Incrédulo, silencioso y feliz, 

contemplé la preciosa formación de una lenta gota de sangre..."

(El inmortal), J.L.Borges

Una mirada puede ser la creación ociosa de todas las miradas, 

un guiño puede ser la creación perfecta de la destrucción…”

André Paulin

Siempre que imagino mundos, sentado en alguna de las infinitas sillas de esta ciudad mientras espero que de un suspiro me cambie la vida y flotando entre el ruido infernal del transito matutino, cierro los ojos, entrecruzo los brazos, y vuelco mi cabeza lentamente en dirección al cielo exhalando los olores del día y su suciedad.  Permanezco muchas horas, muchas, inventando un universo infinito, en donde quepa todo, un universo circular, sin fin, un rizoma que resuma mi vida.  Juego con palabras, con sonidos y silencios, con formas inenarrables o figuras exactas, pruebo con materiales duros que me cortan y de donde manan los obscuros días y las prolongadas noches de equinoccio.  A veces tardo  eternidades en darle color a una espina o en anegar un lago de vida. ¿Cómo imaginar lo inimaginable? Esa es mi labor. Este universo, por ejemplo, es tentativamente plano, no tiene hemisferios, simplemente se está adelante o atrás, yo soy de los de atrás, para estar adelante aún hay que avanzar, pero el de adelante también es de los de atrás porque siempre tiene gente adelante, es ahí en donde se hace infinito, en donde los confines se rompen, en donde la vida cobra un único sentido, ya nadie quiere ir al norte o al occidente (como en mi primogénito mundo) simplemente todos quieren ir adelante, pero siempre están atrás.  Es un lugar en donde la monotonía no existe, todos los días son diferentes a pesar de que siempre se busque estar adelante, pues siempre se está atrás; la rutina se rompe, se resquebraja en un único punto: la soledad.  Es un universo en donde la historia es el presente, si no hay atrás no hay pasado, un lugar en donde la costumbre siempre te hace dar un paso enfrente.  El amanecer (todo universo debe tener un amanecer) se hace en silencio; sus tres soles emergen equinoccialmente vislumbrando la infinitud del universo: el último siempre es más oscuro, casi no brilla  y del primero brota un rayo de luz leve que permite mantener los ojos abiertos al mirarle fijamente, el tercero oculta la única luna minúscula de resplandor opaco y sólo brilla al anochecer antes de su natural movimiento hacia delante.  El mar, hay mar por donde quiera que se mire, con olas gigantes que golpean arrecifes y rocas, creando una espuma blanca y perfecta que llega a las playas vírgenes de arena suave que bordean la tierra.  Siempre huele a mar, siempre hay una leve brisa que nos recuerda aquel océano que tenemos a nuestros pies.  El clima es primaveral pero el paisaje es de otoño con hojas que se desprenden de los árboles, rojizas o amarillas el viento las mueve y las obliga a dar círculos creando tornados enanos que siempre, siempre van hacia delante.  Y ese nadie que habita, que recorre cada minúscula senda que invento, ese explorador al que le dejo todo dado, el que ha de poblar y colonizar una a una las montañas y las llanuras no ha de ser el hombre, podrá ser un animal cualquiera, una simple bacteria, o un simple ruido, pero nunca el hombre; o tal vez, en ese lugar, no haya nada que no pueda mover un leve soplido y de esa manera todo será más seguro, todo perdure más.  

Pero abro los ojos y me toca elegir ¿hacia donde voy? ¿Acaso soy yo el único creador? ¿Acaso alguien ha podido imaginar Igschlibe, Zatón o Zamtxais con la perfección que yo los imaginé antes de su destrucción?  A veces prefiero no pensarlo, prefiero ocultar mi realidad, la de la soledad, la de mis universos fantásticos y simplemente abordar un barco oxidado, de los que crujen al empezar a andar, de los que invento para plegar de melancolía el sonido del agua y navegar hacia alguno de mis mundos, hacia el cosmos más claro, el más perfecto o el más ruin, tal vez sea este en donde mi realidad juega, en donde invento cada geografía, cada suspiro del hombre, tal vez todo sea mi creación, como la luz o los animales, como mis ganas de morir y salir de la eternidad.

Ahora recuerdo que en los inicios, cuando creí estar solo quería llorar e inventé la lágrima con la que hice las lunas, recuerdo la luz áspera que alojé en el sol y el resplandor de las estrellas; sobre ese espacio perpetuo ideo mis mundos, fabrico mis ilusiones, vislumbro mis ideas.   Espero algún día sentarme en la arena (mi máxima creación, la síntesis de la infinitud) e idear un lugar en el que simplemente descubra quien soy o descubra que no soy nada.         

domingo, 31 de mayo de 2009

A good choise

Cuando quise decidir, decidí. Como siempre toda decisión soslaya una duda, pero ésta era una duda evidente, una duda clara, una duda sin duda.  El caso es que decidí y en su manera de ver ella también decidió.  Angel o demonio? Todos decidimos, un mundo maniqueo en donde el arte de elegir lo tienen los más tontos.  Elaborar un plan para convencerte de que esa es la buena elección y saber que esa estrategia se debe preparar sobre los inmanentes errores o catástrofes que pueden ocurrir, como por ejemplo que la elección salga defectuosa o que la elección tenga patas y salga corriendo para no volver; que la elección tenga miedo.  Ahora no tengo ninguna duda, ninguna marca de arrepentimiento, sin embargo queda la duda de lo que sería o de lo que hubiera sido, pero esa marca se borra fácilmente si la elección es perfecta, sino, ni lo intentes, la otra opción ya habrá desaparecido.

martes, 31 de marzo de 2009

viaje menor ¿?

Este viaje continúa, este viaje que comencé para terminar en ti, para regocijarme con la idea de que existe un destino que nos ha llevado a encontrarnos en este punto del mundo, en este instante, acá ya no hay lugar, no hay espacio, simplemente caben dos cuerpos en un viaje que debe pensarse hasta la muerte, hasta la agonía de un día sin remordimientos, y ese día, ese instante, espero que las voces que alguna vez oí y las miradas que logré captar a la velocidad de la vida, pueda reencontrarlas y suministrar todo ello a un solo agujero, al más profundo, que no conduce a nada, ni a la mísera rutina del más inútil y mediocre de los hombres. Tal vez yo, tal vez todos.

domingo, 8 de febrero de 2009

Mala respuesta a la pregunta ¿qué es la poesía?

«La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos; alimento maldito. Aísla; une. Invitación al viaje; regreso a la tierra natal»
Octavio Paz (El arco y la lira)

Dejemos la mala poesía. Cómo escribir sobre algo que no se sabe? La escritura poética como la naturaleza debe saber dar explicación de si misma, si la naturaleza da respuesta, es decir responde a la pregunta ¿qué es la naturaleza? Entonces, cumple su función: la primavera, el nacimiento, la muerte, la lluvia, la caída de una hoja etc. El suicidio es indudablemente poético. La poesía por tanto debe responder a la pregunta ¿qué es la poesía? Es decir todo lo que es la naturaleza, más lo que no es la naturaleza: la estupidez (aunque en algunos parezca natural) es poética. La ignorancia, poesía pura. La torpeza, la rabia, el miedo, el sarcasmo, el dolor, el infinito de lo que vemos y oímos, la plenitud de cantares y orgasmos, todo y por todo esto es que hay tanta poesía que habla del amor, porque el amor es natural y es poético y patético. Lo patético es indiscutiblemente poético. Ahora, si la poesía abarca todo aquello que proviene de la naturaleza y lo que no, entonces todo lo que vemos, oímos y comemos es poesía, pues si. La poesía está contenida en cada rincón, en cada esquina con polvo, en cada mirada y en la transparencia de una blusa. Ahí está la poesía, en esos dos pezones, en la calva de ese señor gordo, en la barriga de ese señor calvo, en el instinto más agrio que invade tu cuerpo, esa es la poesía, el cúmulo de emociones estridentes que se escriben en un papel manchado y que no valen nada, sólo la insolencia del lector o el plagio del adolescente. La poesía termina siendo universal, sagaz, recóndita, sin ella la vida sería una mierda, y la mierda sería pura poesía, a lo que corresponde arriesgarse a escribir, arrojarnos a la cotidiana tarea de expulsar unos versos sin sentido que te hagan ir al baño, para luego aseverar, con una sonrisa pálida, y con todo el cinismo agrio, lo malos poetas que somos, pero sentirnos tranquilos por intentarlo.

jueves, 5 de febrero de 2009

Mal poema para la mitad de una mujer

Caminando sobre la absurda línea que divide la cordura y la locura.
Ahora, siendo sinceros, estoy enamorado de la mitad de ti,
porque la otra mitad, o quizás más,
no me pertenece,
tal vez (y esto lo digo con la tonta pretensión
de quien quiere ser querido) 
me pertenece tu cuerpo,
tus miradas, tu sonrisa, tus inquietas muecas,
de rabia, de lujuria, de alegría,
tus ojos tristes cuando tienes que levantarte,
tu cuerpo cálido cuando al despertar
estás junto a mi, abrazados, queriendo ser uno,
muchas veces sin lograrlo (muchas veces queriendo)
el movimiento de tus manos,
tus pies sobre mis rodillas,
tu pierna encadenándome,
tú, risueña y dormida,
el color de tu piel, tus días buenos
tus euforias repentinas
tus pequeñas trampas, tu compañía
y tus saltos de niña intempestivos,
todo lo que puedo tocar y ver,
todo lo que me dejas tocar y ver
todo aquello que me quieres dar.
Ahora, lo que duele, lo sincero y catastrófico:
La otra mitad, que pertenece a ese otro,
tu mente, tus ganas, y tus deseos,
el brillo de tus ojos,
son, por ahora, mi más recóndito secreto
y mi dolor más agudo,
porque si te tuviera toda,
si pudiera repetir infinitamente en tu cuerpo
lo que soy yo en ti,
lo que marcas en mi cuello,
lo que dejas en mi cabeza,
si pudieras repetir simplemente
todo aquello que piensas de mi
en una hoja de papel
estaría dando un gran paso hacia la locura;
Y es en este Lugar, en este instante, en que te veo salir,
en que te veo correr bajo pequeñas gotas de lluvia,
que espantas con tu pelo, que muestran tu dulzura,
que me conformo con un beso, con una señal escondida
y con aquellas caricias vagas
y aquellos pequeños silencios,
que milagrosamente
mantienen mi cordura.

martes, 20 de enero de 2009

Pequeño diálogo de los amantes

"Empiezo a desear un lenguaje parco como el que usan los amantes, palabras rotas, palabras quebradas, como el roce de las pisadas en la acera, palabras de una sílaba como las que usan los niños cuando entran en un cuarto donde su madre está cosiendo y cogen del suelo una hebra de lana blanca, una pluma, o un retal de chintz. Necesito un aullido, un grito".
Virginia Woolf

"¡Ay, qué amante es la rosa y qué amada la espina!".
Gabriela Mistral

"Hace frío sin ti, pero se vive".
Roque Dalton

-Por favor quédate

-no puedo, tengo que trabajar

-no, quédate conmigo siempre

-…tengo que trabajar

sábado, 17 de enero de 2009

Fracasando (los cursi del fracaso)

“El futuro está ahí, lleno de días,

pero es un duro charco: por él pasan

lentas sombras de sueños cuando pasan...

Nocturnos cielos cúbrenme los días”.
Nicolás Guillén

“Muerdo el anzuelo
y vuelvo a empezar de nuevo cada vez…”
Andrés Calamaro

Pierdes tus posibilidades de ser querido, te la juegas por una de ellas y pierdes con las dos, es un destino inhumano, es un destino de destierro, debes partir, debes huir, replantearte tu manera desordenada  e invisible de vivir, no te quedan caminos, no te quedan salidas, caes ante su mirada  como el más estúpido, ante esa manera de sonreír y de ver las sombras que te dan la realidad, pero temes alejarte, decirte que nada es posible, que todo es una manera de reír, de reírte de ti, en tu cara, pero ella es clara, tiene por costumbre ser sincera, y aunque sabe que soy algo más que un par de palabras o un par de historias, siempre encuentra una excusa para hacerte pensar y cuando llegas tarde, cuando eres simplemente “circunstancial” tu camino es de barro, es luchar contra las piedras, pero vivir el instante, el momento, tal vez sea una excusa que te lleva y te acerca al abismo, al que sabes que llegarás, pero esa mirada diáspora, ese dolor que se repite, porque sabes que no quieres ser su amigo, que lo que quieres es un instante cómplice, una caricia noble que te transforme, que eleve ese pensamiento maligno, macabro, el de amar, el de querer y ser querido, a ese innombrable mundo que es el fracaso, el fracaso de haber perdido, de haber soñado, que con ese olor, con esa estrafalaria e inocente manera de darme la mano, o de mirarme, me estás dando excusas para compartir el silencio, el silencio de las mañanas y los momentos plenos en los que te levantas y me pides un beso, tal vez nunca lo pidas, me queda mucho tiempo, me congelo, nunca había competido con tanta desventaja…quizás haya alguien que te quiera más que yo, pero yo quiero quererte como el único instante en que te pueda tener.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Carta Nº1 a una mujer que desaparece

Cuántas veces he buscado tu mirada, escondida y complaciente, que no viaja, que no muere pero que nunca llega a mi. De esa manera y de repente, como cuando duermes, intento desaparecer, esquivarte, guardar un soplo, un silbido de impulso y de convicción, que en algún instante o en algún escrito o una frase ingeniosa, de las que se me ocurren en el baño o en el metro antes de bajarme - en el preciso instante cuando no tienes como escribirla porque tu lápiz no tiene punta, ya que escribiste demasiado fuerte el número de teléfono de aquella señora regordeta que te va a dar trabajo- serás plasmada con esa certeza de que existirá un Aleph, una heterotopía, o al menos un momento ficticio en tu imaginación o en el repulsivo destino que te lía cuando cambias de dirección bruscamente, para decirte que no me mires así, que no me hables así, que no huelas así, que tiemblo, que me sonrojo, que destierro lo que has dejado de mi razón hacia tu voz, hacia esa mirada de niña mala, de niña tierna que repite sin saberlo siempre las mismas palabras, las mismas que yo repito para tenerte en mi, sobre un papel o sobre mi cama, de qué manera, de qué manera rimas, de qué manera suenas, repíteme tú nombre, que sabes que es para ti, es para ti la ficción de mis ideas y la ficción de mis días, una mentira más que se ve desde mi ventana y que relata la monotonía y la magia de un libro que no dice nada, que no describe historias, porque las manías que describo las tienes tú en todo tu cuerpo, en tu soledad y en tu dureza, cinco veces te lo he querido decir, cinco veces que he reevaluado la potencialidad de mi estupidez y de mi agónica manera de no saber si por un segundo, mientras te rehaces en ti misma, pasa un ligero aire a mi por tu rostro que percibas como algo más que el presentimiento de tener esa pequeña ventana mal cerrada.

viernes, 12 de diciembre de 2008

LOS DARDOS DEL MUNDO

"Nos mirábamos y nos reconocíamos, pero en realidad era como si no nos reconociéramos parecíamos diferentes, parecíamos iguales, odiábamos nuestros rostros, nuestros gestos eran los propios de los sonámbulos o de los idiotas"
Roberto Bolaño

"Y después se desata la tormenta de mierda"
R.B.

Desperté y como siempre no estaba ella.  Esta vez no la sentí, yo nunca pude madrugar, los escritores no madrugamos, para qué si igual nuestro trabajo no tiene horario, nuestro trabajo es pensar e imaginar la realidad -que cruel ironía-; ella pensaba, ella imaginaba, ella jugaba con su realidad (como buena escritora) pero además le gustaba madrugar (raras manías se adquieren en Europa, menos en España, claro está, en Latinoamérica los escritores no madrugamos, por lo menos no los que si escribimos de verdad, para qué).  Llevaba cinco años viviendo en distintas ciudades de Europa, solía decir que era una mujer cosmopolita.  Para mi, había una gran diferencia entre habitar una ciudad y vivirla, ella simplemente las habitaba, recorría una y otra vez un mismo camino, pero nunca las vivía, nunca admiraba sus colores, sus texturas, la armazón que se teje a cada paso y con cada mirada.  Su trabajo era típico, aburrido, rutinario y desolador, casi nunca descansaba y lo peor es que su salario no reflejaba ni una minúscula parte de todo lo que hacía.  Cuando llegaba, con esa misantropía y ese desdén en contra de su destino -y que su rostro reflejaba a la perfección en la palidez y la mirada desafiante- me decía que quería renunciar, que todo era una mierda, que en cuanto ahorrara para comprar una casa a las afueras se largaría a cultivar astromelias y a mirar la montaña. ¿A las afueras de qué? ¿A mirar cuál montaña? Jamás lo supe.
-No te preocupes flaca, cuando termine mi novela y nos hagamos millonarios yo te compro esa casa en donde quieras- le respondía en tono burlón cuando comenzaba su ya repetitivo discurso. –además, ¿te vas a poner a cultivar astromelias? ¿Estás loca? cultiva amapola o marihuana, que ahí está el negocio- Pero si había algo que la enfurecía, mucho más que el sonido estruendoso de las campanas en los pueblos en las mañanas y que se le encrespara el pelo por la humedad de los días de verano, era mi tono sarcástico de decir las cosas, eso estaba claro, así que ella me respondía sistemáticamente de la misma manera. -Ni porque estuvieras escribiendo el Quijote, idiota- .
Yo, la verdad, (pensaba para mi mismo) en estas circunstancias, preferiría escribir “el Código de Davinci”, y aunque mi finalidad nunca ha sido el dinero, o de lo contrario no hubiera decidido ser escritor, escribir algo que me hiciera millonario sería un alivio mundano y realmente tranquilizador. 
Luego ella simplemente se sentaba a comer cualquier cosa que yo preparaba como parte de mis obligaciones matutinas por no tener dinero ni ostentar un trabajo de oficina, y en silencio su rostro recobraba su belleza natural e iniciaba a contarme el transcurrir de su día y lo insoportable de su trabajo.  Yo comía y escuchaba con breves interrupciones jocosas que la sacaran de las tensiones del capitalismo natural.  Nunca sospeché nada.  Su complicidad con lo cotidiano era tan profesional que jamás imaginé el golpe que me daría, el dardo que me clavaría en el pecho como uno más de tantos otros que el mundo habría de lanzar hacia mi.
Extrañamente en ninguna de nuestras infinitas charlas la escuché decir que regresaría a su país como suelen reprocharse a si mismos los inmigrantes.  Ella provenía de uno de esos países del sur de América que los europeos sin conocer ven llenos de calor y de arena, o de selva y animales raros y gigantes, pero esta ciudad, en contra de todo desconocimiento europeo y de la lógica occidental, era fría y azul, siempre fría y azul, una ciudad inmensa de la que salió huyendo por iniciativa propia, por aventurar y conocer con la vieja y mañada excusa de ir a estudiar.  Así fue que morral en mano, mil dólares y una seudo beca para estudiar en París, arribó en Europa y se quedó para siempre.  París la deslumbró como a todos, como también la deslumbro Amsterdan de noche con sus infinitos canales, la vida alegre de Barcelona y los tejados de Lisboa; en donde estuviera, Europa era perfecta para ella, pero terminó en Madrid, qué extraña ironía.  Nunca, mientras estuvo conmigo, regresó a su país de origen, nunca tocó ese tema, existía en ella, sin duda, un afán sin límites por abrirse camino en el viejo continente y por crear un mundo que quizás siempre había soñado y que aún estaba lejos de realizar, sobre todo a mi lado.    Su familia no dejaba de ser un misterio, tenía un hermano en algún lugar de los Estados Unidos y del que prefería no hablar por sus inclinaciones religiosas y políticas que tendían más hacia un fascismo clerical que hacia cualquier conservadurismo rancio, sus padres la habían visitado casualmente un par de veces en los días precisos en los que yo me encontraba de viaje, así que nunca los pude conocer y aveces dudo que alguna vez ella les haya hablado de mi…para ser sincero yo tampoco lo haría

La manera de conocernos fue clásica, sin ninguna anécdota que pudiera servir como fundamento para una bella historia de amor.  Fue una tarde, por medio de un amigo, bueno, realmente por medio de mi ex-editor, en un café en el viejo Madrid de los Austrias, que nos conocimos.  Su estampa era la misma de la última noche que la vi, siempre el mismo pelo largo y negro, la misma sonrisa temblorosa que aveces terminaba siendo una carcajada, la mirada tierna que hacía parecer de ella la más inocente e ingenua de las mujeres, teníamos lecturas en común, música en común, egos y odios en común, elementos que nos hacían una pareja muy aburrida, pero perfecta.  Caminábamos todos los días desde Plaza España, en donde la recogía del trabajo, hasta la calle Ave María, en donde tenía su pequeño apartamento en Lavapies, hablando de tonterías, que no tenían nada que ver con nuestras aburridas vidas y tratando de conocernos a pesar de los innumerables secretos y pretensiones que nunca dejamos de tener. Salimos durante varios meses antes de irnos a vivir juntos, meses en los cuales yo terminé de escribir mi primer libro “los fantasmas también se emborrachan”, que fue un fracaso tanto como el segundo, una obra de cuentos cortos titulada “la loca manía de los locos” publicada un año despues, pero no tanto como el tercero “el afán de la proeza” que llevó a que mi editor dejara de serlo y a que me sumiera en el más oscuro abismo del fracaso.
Para esa época ella ya trabajaba en la agencia editorial en donde yo publiqué mis primeros libros, su trabajo era hacer todo lo que hacía el editor general, es decir mi ex-editor, Manuel, pero con la paga de una asistente; seis años trabajando en ese infierno, seis años desde que me fui a vivir con ella y desde que viví de lo que ella trabajaba, pues mis escasas fuentes de dinero se limitaban a breves artículos que publicaba en revistas y periódicos de mi País y a un absurdo trabajo en una mala universidad como profesor de Español para chinos mudos, oficio que aunque parezca inverosímil, existe. Durante ese tiempo nunca recibí algún tipo de reproche o ataque por mi pereza laboral, yo sólo quería escribir, y eso lo entendía ella. 
Todas las mañanas, desde que vivimos juntos, la sentía arrodillarse en la cama y darme un beso sintético en la boca mientras yo entre sueños y haciendo un esfuerzo titánico abría un ojo, y con la mirada nublada, le decía que la quería; siempre salía apurada, pero nunca llegaba tarde a su trabajo. No nos veíamos sino hasta la noche y entre sombras la gran mayoría de las veces, pues para no incomodarme nunca encendió la luz. Se desnudaba con sigilo, se colocaba un camisón de abuela y me abrazaba queriendo dormir eternamente. Sólo hasta la mañana siguiente lograba verla exponiendo su hermosura con la luz del día. Pero esa mañana no la sentí, no se si arrodilló y me beso, no se si le dije te quiero, simplemente desperté y ya no estaba.
La verdad es que ese hecho extrañamente me preocupó y me levanté inmediatamente con la sensación de un vació infinito en el estómago, como si me faltara algo, como si hubiese olvidado una fecha importante y no pudiera recordarla. La angustia empezó a crecer factorialmente, eran las 12 y su llamada habitual para despertarme y recordarme que debía empezar a buscar trabajo o por lo menos sentarme a escribir, nunca la recibí. Decidí llamarla. Primero al trabajo. Me contestó una voz típica española y con una tonalidad algo gruesa y enfermiza, una voz de secretaria amargada y sin un buen sueldo que me dio más información de la que pedía. -Ella no ha venido a trabajar, acá todos piensan que está enferma, la hemos visto muy pálida en estos últimos días, como enferma me entiende, muy callada además, cosa que es muy extraña en ella, entra y sale todo el día de la oficina de don Manuel, creo que algo le preocupa. Desea dejarle algún recado? Pálida, enferma, realmente hacía días que no la veía claramente, que poco detallista era. La única razón verdadera era que estaba asustado, nunca había presentido tan humanamente la ausencia y la soledad como también la muerte y la tragedia. La llamé al móvil entonces, pero el sonido del timbre lo escuché yo, lo había dejado en el escritorio, tal vez con el afán lo había olvidado, tal vez no quería que nadie la localizara. No sabía que hacer, ¿llamar a la policía?, la policía no sirve para nada, eso era claro, pero ¿y si servían?? Esto era enfermizo, empecé a desesperarme, a caminar de lado a lado en mi habitación, me di cuenta que no conocía a ningún amigo (mi ex-editor tal vez? Manuel) o una amiga de ella, mucho menos a un amante, no tendría por qué conocerlo. Me di cuenta que la necesitaba, que nunca se lo había dicho, y como es común en estas circunstancias, me lo reproché al máximo, pero yo siempre le dije que la quería y allí se conjugaba todo, si tu dices “ te quiero”, es como si dijeras “te necesito”, ¿o no?. Nunca le dije “te amo”. El desespero se me presentaba como síntesis a mi falta de interés por expresarle mis sentimientos, ahora quería verla, decirle todo, pero ¿qué era todo?, simplemente la amaba. Decidí ducharme rápidamente y salir a la calle, mi mente se llenó de preguntas sin respuesta, de dualismos inexactos, preferí volver, tal vez llamaría, sentí mi estómago más pesado de lo normal, no había comido, me sentí indigesto y desamparado. No era mi ciudad, no era mi destino estar allí. Vi un teléfono público (carajo!, por qué no llamé desde mi casa?) ¿a quién llamar? –Ey Manuel cómo vas? Soy yo, Raúl, el de “los fantasmas…” ese mismo, si, tengo escrita una nueva novelita por ahí, claro que no Manuel, no voy a dejar de ser escritor, no te preocupes…ah, que quieres que deje de escribir, estás loco, eso no es problema tuyo, la literatura me necesita, así como el cine necesitó de Ed wood (en medio de mi rabia, intenté se sarcástico), además ya tengo otro editor (que fracasado me sentí, un mentiroso, como el más perdedor de todos)… si lo se, se que mis novelas causaron un estrago financiero…es que la gente no ha sabido captar la esencia de lo que escribo Manu…eyy discúlpame, pero no me ofendas…bueno, bueno Manu, digo Manuel, dejémonos de pendejadas que sólo llamaba para preguntarte por la flaca, ¿la has visto?... no, en la oficina no está… si, yo se que ella si es buena escritora, pero el que vive de eso soy yo, no ella…yo se que ella no me merece, pero eso no es asunto tuyo…mira, se va a acabar la moneda. Colgué. No tenía a nadie más a quien llamar. Seis años y mi única amiga era ella, seis años, en los que mi vida fue ella y sólo ella. ¿A quién quiero engañar? Si con ella ya era un fracasado en mi vida laboral, sin ella mi vida completa sería un fíasco. Quizá se fue a cultivar astromelias a las afueras, pero ¿a las afueras de qué? ¿Frente a qué montaña? Continué mi búsqueda, estuve en cada lugar en dónde solíamos caminar o tomarnos un café, en los rincones que creíamos más secretos, en los parques y plazas en donde nos sentábamos durante horas en los días de primavera sin intercambiar una sola palabra, simplemente contemplando el silencio de la monotonía que anegaba nuestro días, busqué en las librerías en donde ella solía criticar las nuevas figuras de la literatura de habla hispana, menos a mi, porque yo no era ninguna figura, estuve en cada uno de los lugares que representaban algo entre los dos, en “entre acto” en “cafeína”, la calle Argumosa, la calle del pez, san bernardo, la calle ave maría, en cada lugar en donde había un recuerdo o un rastro de lo que fuimos, duré semanas buscándola, meses. Me había abandonado, tal vez se había dado cuenta que su vida a mi lado se impregnaba del sabor a derrota que yo emanaba. Caminar por esos caminos fue el último homenaje que hice a nuestra relación, fue la última alegoría a todo lo que para mi fue perfecto. Siempre pensé que la soledad era habitar con fantasmas, con seres que nadie puede ver, pero la soledad, en ese instante fue para mi vivir con un recuerdo, con la melancolía de algo que creí que era, pero que nunca fue. Jamás la volví a ver. Había una nota, un mensaje perdido en medio del desorden de una habitación inmensa, en un simple trozo de papel. tres palabras: “NO aguanto más”, para mi no fue suficiente. No se llevó nada, ni sus libros, ni su ropa, todo quedó intacto en sus estantes, su música, sus cosas, su olor, todo quedó allí. Dos semanas después salí de aquel piso, no tenía con qué pagar el alquiler, dejé todo lo de ella a disposición del casero, no quería un recuerdo o una imagen que recayera sobre mi mente y que me recalcara la soledad y la inutilidad de mi vida. Alguna vez alguien me dijo que la habían visto por Essex street, en New York, en el East side Bar con mi ex-editor, con Manuel, y que ahora la flaca se dedicaba a escribir en inglés y bajo el seudónimo de Janet Evanovich y que su último libro “Qué vida ésta” había vendido miles de copias en todo el mundo. Mi última novela “Los dardos del mundo” editada por la fundación “literatura libre” ha vendido 50 copias en seis meses.